La identidad digital de una persona se construye a partir de un registro histórico de publicaciones, interacciones, compras, navegación, geolocalizaciones, aplicaciones utilizadas y transacciones realizadas en Internet. Con este gran flujo de datos que ofrecemos a la gran red de redes, algo sucede: perdemos el control de la circulación de esa información. En este contexto, a veces perdemos de vista que los niños y niñas también son constructores de su identidad digital a partir de las mismas interacciones que realizan por sí mismos, ya que acceden a dispositivos conectados a Internet desde temprana edad.
En este contexto, hay una acción puntual por parte de los adultos que invita a reflexionar sobre si acaso no son ellos los que empiezan a dejar las primeras huellas de los pequeños a través de fotos, videos o relatos cotidianos de sus vidas, con la posibles repercusiones que esto pueda tener. para el futuro. Esta práctica de compartir se llama “sharenting”, que deriva de las palabras en inglés sharing (compartir) y parenting (criar). También hay “compartir en exceso” cuando la exposición es aún mayor. En este contexto, la primera recomendación sería que se debe validar la privacidad de los niños con su consentimiento para evitar que sientan algún tipo de malestar con lo que llevamos y hablamos de ellos.
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