Rosario desnuda, a sangre y fuego, la deserción de la política.
La metástasis del crimen organizado devoró el estribillo del Estado actual. Al contrario, impone la realidad de un Estado fallido. Y arroja a la sociedad impotente.
La función más básica del Estado es asumir el monopolio de la fuerza pública para garantizar la vigencia de la ley, la libertad individual y la seguridad colectiva. Por eso nació el estado.
Los funcionarios, sin respuestas, están desesperados por evadir responsabilidades. El gobernador de Santa Fe, Omar Perotti, confiesa impotencia. Y culpa de la situación a la actitud negligente del poder central.
El ministro de Seguridad Nacional, Aníbal Fernández, responde con el clásico “no es mi área”. Y reta a Perotti a valerse por sí mismo, como lo hace, sostuvo, el resto de los gobernadores.
El miedo y el dolor son emociones dominantes en el clamor popular contra el Estado que no los protege. “Basta de sangre”, imploraba uno de los carteles de los ciudadanos que marcharon ayer.
Venían de un día de plomo. El domingo, los delincuentes dispararon 37 tiros en un bar. Mataron a un policía ya un cliente. Mientras se manifestaban, dos mujeres fueron asesinadas a balazos y hubo ataques intimidatorios contra una comisaría y dos guardias penitenciarios. En lo que va del año, 38 personas han sido asesinadas en Rosario. En 2022 el récord escaló a 288 muertes.
Las bandas locales de narcotraficantes mantienen una guerra abierta por el control del territorio. El…
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