París era una fiesta argentina. Messi, Scaloni, Dibu y la afición albiceleste recibieron los premios Fifa a “los mejores”.
Solo Tula rompió la sobriedad impuesta por los deportistas argentinos. Balbuceó el discurso más largo y errático de la ceremonia. Pintoresco, como el legendario bombo fileteado de él. Lo golpeó con la misma determinación que en los estadios o en las concentraciones peronistas de todas las tribus.
Parecía un dibujo del negro Carlos Ortiz, un Zazá de 80 años. Y un cuerpo extraño en un mar de elegancia. En medio de un paisaje imponente y a la vez austero. Y el mundo de la moda disputado por las marcas más valoradas. Como Shakira con el lucrativo despecho de ella, facturaron diseñadores y futbolistas.
Para el profano del outfit -o el outfit más trendy, dicho en argentino- el esmoquin negro con tenis blancos de Infantino y la corbata de rebajas que lució Scaloni quedaron casi tan fuera de lugar como el sombrero Piluso de Tula.
La fiesta parisina no fue sólo un alarde de vanidades, frivolidades y negocios.
Los mensajes de los deportistas argentinos -perdón por el narcisismo usurpado- también fueron de lo mejor. Reivindicaron los mismos valores que supieron plasmar en la epopeya deportiva de Qatar. Principios tan genuinos y tan ausentes, a veces, en nuestro día a día.
El oficialismo no les perdonó haber regateado la emboscada política que les habían tendido en el balcón de La Rosada. Un periodista de…
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