El filósofo Martin Buber supo escribir un relato que ilumina como pocos la idea de la justicia humana. En tiempos de la Austria imperial, el monarca emitió un edicto persecutorio contra los judíos. Feivel, un hombre serio y estudioso, medita sobre esa miserable condición. Se levanta una noche y, a pesar de estar aterrorizado de solo pensarlo, le dice al rabino que quiere demandar a Dios.
El rabino responde que está bien, pero que la corte no se reúne por la noche. Al día siguiente llegan dos rabinos más. Después de la merienda le piden a Feivel que explique su demanda. Feivel duda, pero lo animan a hacerlo. Explica que hay una contradicción entre la palabra de Dios en la Torá y lo que está pasando en Austria. “Los hijos de Israel son siervos de Dios”, recita Feivel, leyendo el libro sagrado. Él razona: debemos ser libres para cumplirlo.
El rabino mayor responde: “Ahora el demandante y el demandado deben abandonar el tribunal, como lo exige la ley, para que no influyan en los jueces”. Los jueces le piden a Feivel que se retire. No pueden pedir a Dios, porque él es omnipresente. “Pero tampoco dejaremos que tú, Señor, nos influyas”, aclaran los rabinos de la corte.
Deliberan en silencio. Al atardecer llaman a Feivel. Le dicen que su demanda es justa. “En esa misma hora, el emperador canceló el edicto”, concluye el relato de Buber. La enseñanza es luminosa: Dios perdido en ese juicio. Porque hubo jueces que decidieron…
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