

Alberto Fernández preparó un mensaje durante días ante el Congreso Nacional sobre su legado. Lo imaginó inspirador y convocante; se quemó como una cerilla en cuestión de minutos. Así de fugaz es el peso de su palabra en este punto de su mandato. Una gestión que solo promete mayores angustias antes de encaminarse definitivamente al olvido.
La descortesía de atacar a los magistrados de la Corte Suprema con un discurso ofensivo, sin derecho a réplica alguna en el más alto foro del sistema institucional; la descripción de un país inexistente para dar cuenta del estado de la Nación; la innegable y corrosiva amargura de su principal referente político y segunda autoridad en el país, destruyó el prestigio del discurso presidencial en el momento mismo de su enunciación.
Dos hechos posteriores, derivados de la pura y dura realidad a la que debe hacer frente la ciudadanía, acabaron por hacer girar las cenizas de aquel mensaje.
Apenas concluyó el discurso ante la Asamblea Legislativa, el país entero lo relegó en medio de un apagón que fue solo una muestra de la precariedad en la que sobrevive la estructura productiva argentina. La mitad del país se quedó sin electricidad y la mitad restante cruzó los dedos. La oscuridad de unos y la precaria iluminación de otros sirvieron para comprobar rápidamente que el país soñado en el que vive el Presidente es otro, muy diferente al que realmente existe y sobrevive, a duras penas, atado con alambre. Como excusa, Alberto Fernández se fue…
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