
Con la renuncia forzada de su candidatura a la reelección, Alberto Fernández ya es formalmente un presidente en transición. Toda su administración del poder tiene un solo objetivo: la transmisión del mando.
El declive fue a la nada en sí, porque su postulación fue un simple recurso táctico para alargar la agonía. Cuando una expectativa es ficticia, dura lo que tarda el último de los ingenuos en convencerse de lo contrario. Hacía al menos dos años que vencía ese tiempo para ese proyecto inverosímil: la reelección de Alberto Fernández.
El gobierno del Frente de Todos apuró ese cotejo con la realidad porque aún aspira a que el final de Alberto Fernández no sea el de todo el oficialismo. Pero no fue su vasta enciclopedia de zancadillas lo que acabó de convertir al candidato que hace cuatro domingos habló de sí mismo en tercera persona, advirtiendo severamente sobre el apoyo del estadounidense Joe Biden para seguir en el cargo. Era la obstinación persistente compartida por todos (incluido Fernández) en apoyar un modelo agotado: el del populismo en bancarrota, sin ningún sustento económico.
El índice de precios de marzo colocó a la economía argentina en el oscuro umbral de una nueva hiperinflación. Es una calificación que muchos economistas tacaños. En algunos casos, por prudencia; en otros, por confundir el concepto con el de estallido social, al menos en los formatos conocidos en la historia reciente de este país. El desbordamiento de…
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