

El gobierno recibió los datos de inflación de enero casi como un punto de salida insustituible. Sus efectos políticos están arrastrando al desagradable triunvirato que lidera el Frente de Todos.
Sergio Massa había prometido, hace apenas un mes, una desinflación gradual, con un 3 por delante del índice de abril. Crónicamente optimista sobre su destino político, evaluó que este sería un indicador razonable de competitividad electoral para sus aspiraciones presidenciales.
Gabriel Rubinstein, el viceministro, se mueve con cintura de yeso en la política. A pesar del giro acomodaticio que depositó en un gobierno al que odiaba, conserva cierta pizca de honestidad intelectual. Ayer salió a pinchar la burbuja inflada por su jefe. Adelantó la expectativa de una inflación mensual de 3% para fin de año. Demasiado tarde para planes electorales.
Massa asumió el cargo mostrando credenciales de “superministro”. Llegó con la unanimidad de Cristina Kichner, los gobernadores y el presidente. El pánico disolvió las diferencias. El dólar de Batakis había puesto la gobernabilidad en crisis.
Se necesitaba un titular de Economía que hiciera “lo necesario” para parar la corrida. Lo primero fue reactivar el ajuste del FMI y buscar dólares en el exterior. Massa se jactaba de sus contactos políticos y financieros en Estados Unidos. Luego se vio que el anunciado paquete de 20.000 millones de dólares extra nunca fue amarrado del todo.
También confiaba en que podía poner la inflación en la caja. Hizo un llamamiento a…

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