
El exsecretario de Seguridad Pública de México, Genaro García Luna, fue declarado culpable este martes de cuatro cargos de narcotráfico en un juicio celebrado en Nueva York que ha durado más de cuatro semanas.
Desde el inicio del proceso, el 17 de enero, García Luna, que siempre ha comparecido ante el tribunal vestido de negro y con corbata -por deferencia al juez, que le eximió de llevar el uniforme de reo-, se encontraba rodeado de su esposa. Linda Cristina Pereyra, sentada entre el público.
En la recta final, su hija Luna también acudió a la Corte Federal para el Distrito Este de Nueva York. Y el último día estuvo presente hasta su hijo Genaro.
García Luna, detenido en diciembre de 2019 en Dallas (Texas, EE.UU.), compareció el primer día del juicio con abundantes canas y rostro serio; sin embargo, durante todo el proceso se relajó, mostrándose por momentos alegre y conversador con su equipo de abogados, a quienes saludó y abrazó efusivamente con sonrisas de satisfacción y agradecimiento.
Otra de sus rutinas diarias durante todo el proceso ha sido saludar a su esposa y familiares llevándose la mano al corazón, enviando besos y repitiendo a su esposa: “Te amo”.
Pero tras el veredicto del martes, sus besos quedarán suspendidos en esta sala.
UN HOMBRE DE FAMILIA
Su defensa, encabezada por el abogado César de Castro, intentó sin éxito dibujar la imagen de García Luna como un hombre de familia que había construido una pequeña capital (dos casas y dos restaurantes en México), gracias a su esfuerzo y al de su esposa, quien ganaban capital gracias a la venta de viviendas.
Una impresión que la defensa apoyó llamando a declarar como única testigo a la esposa, quien describió a una familia casi humilde, alejada del obsceno derroche de los narcos que se sentaban en la tarima de la sala para señalar al expolítico como uno más. de sus principales socios.
De Castro lo calificó como “el rostro de la guerra contra el narcotráfico” durante el sexenio del presidente Felipe Calderón (2006-2012), tiempo que terminaría convirtiéndose en uno de los más sangrientos de la historia de México, y en que García Luna fungió como mano derecha del presidente.
García Luna trabajó en los cuerpos de inteligencia durante una década, estuvo al frente de la Agencia Federal de Investigación (AFI), cuyo principal objetivo era combatir el crimen organizado, durante el Gobierno de Vicente Fox (2000-2006), y luego fue secretario de Seguridad Pública. con Calderón.
La defensa desplegada por De Castro siempre siguió el mismo mantra: insistir al jurado en que la Fiscalía no había aportado pruebas físicas suficientes como grabaciones, documentos, mensajes de texto o fotografías y que el testimonio de los ex narcotraficantes convocados por la Fiscalía no tenía credibilidad.
Para los abogados, todos eran “delincuentes que han mentido toda su vida” y que se presentaron ya sea para conseguir rebajas de pena o para vengarse del presunto responsable de sus detenciones.
“Su testimonio es su forma de fuga (…) Para las personas que han participado en todos estos crímenes, ¿qué tan difícil va a ser mentir?”. De Castro comentó el jueves pasado durante sus alegatos finales, antes de subrayar que los capos y narcotraficantes “son capaces de hacer cualquier cosa para lograr sus objetivos”.
Sus intervenciones, dijo el abogado, “no se pueden creer, son inconsistentes y desafían el sentido común”.
“El gobierno ha hecho un pacto con el diablo”, agregó el abogado, en referencia al currículum delictivo de muchos de los testigos que reconocieron asesinatos, secuestros y torturas en la sala del tribunal.
… O SOCIO NECESARIO DE LOS NARCOTRAFICOS
Pero al final, la Fiscalía convenció a los 12 miembros del jurado de que el hombre más influyente del gabinete de Calderón llevaba una doble vida y que al menos desde 2001 -según el narcotraficante Sergio Villarreal Barragán, alias El Grande, brazo derecho de el narcotraficante Arturo Beltrán Leyva-, estaba a sueldo del cártel de Sinaloa, que le pagaba 1.5 millones mensuales. Un número que creció a medida que el cártel se expandía y ganaba poder.
Durante el juicio, El Grande, Jesús “El Rey” Zambada y el también narcotraficante Óscar “El Lobo” Nava Valencia, declararon haber pagado personalmente o haber sido testigos directos del pago de coimas a García Luna.
A su vez, el Gobierno de Estados Unidos -a través del fiscal- relató la evolución paralela del Cártel de Sinaloa y García Luna como una sola historia entrelazada en la que la banda criminal avanzaba y se expandía por gran parte de México gracias al entonces oficial de seguridad, quien a cambio hizo varios cientos de millones de dólares.
A sueldo del cártel, García Luna proporcionó información, nombró funcionarios con ideas afines donde los cárteles se lo pidieron y ayudó a los narcotraficantes a luchar contra las pandillas rivales y a garantizar que las drogas que recibían de Colombia y otros países latinoamericanos se movieran de manera segura. con seguridad dentro de México hacia los Estados Unidos y también a Europa.
Gracias al exsecretario de Seguridad, el cártel de Sinaloa controlaba aeropuertos, como el de la Ciudad de México, puertos, carreteras, fronteras y vías férreas.
Según la fiscalía, García Luna prosperó durante la “época dorada” del cártel -entre 2001 y 2006-, años en los que presuntamente diferentes facciones realizaban colectas para pagar su silencio.
Y a partir de ahí, cuando empezaron a surgir tensiones entre la facción de Joaquín “El Chapo” Guzmán e Ismael “El Mayo” Zambada, hermano de El Rey, por un lado, y la del clan de los Hermanos Beltrán Leyva, por el otro. , otra, García Luna terminaría tomando partido por El Chapo.
En ese momento, dijo la Fiscalía durante sus alegatos finales, “la Policía Federal está tan integrada al cártel de Sinaloa que es parte de esa guerra”, una guerra que millones de mexicanos pensaban que era entre el gobierno y el narcotráfico, y no para apuntalar el reinado de los capos de la droga.